sábado, 12 de agosto de 2017

CASTELLANI Y LEFEBVRE, “MALDITOS”







“Un nuevo libro de Castellani”. ¿De o sobre Castellani? En gran medida del Padre Castellani, y eso sí era muy esperado. Agradecemos la salida de este segundo tomo (que ya no es un “ladrillo” y está muy bien editado) realizado por Sebastián Randle, y nos ponemos a pensar en voz alta, como se hace con amigos. Sumerjámonos en el libro, en busca de Castellani.

En busca de Castellani. ¿De cuál?

Todo personaje público –más, todo ser humano- dándose a conocer, continúa sin embargo siendo un misterio, en gran medida, para quienes lo tratan o se relacionan con él, ya sea directa o indirectamente. Esto es así y en mucha mayor medida con los personajes difíciles, de personalidad compleja, de inmensa riqueza espiritual, de exquisita sensibilidad, de agudeza intelectual infrecuente, de genio artístico o de méritos literarios portentosos. Pero, lección chestertoniana imperecedera, es el Misterio el que nos hace comprender todas las cosas, incluyendo a nuestro prójimo. Y también a Castellani, por supuesto. El Misterio del otro al cual accedemos por la caridad.  Dice Castellani que Chesterton decía “Yo tengo la Fe” a carcajadas, así como Claudel lo decía a gritos. Castellani lo decía rezongón y atormentado, a lo argentino. “Dios y Castellani” podría llamarse este libro, o al revés. Porque es conocer a Dios por medio de alguien que fue Castellani. Y muy particularmente por “el caso Castellani”. Cierto que toda biografía es limitada y su aproximación a la figura completa depende en gran medida del talento y la comprensión del biógrafo, que debe elevarse y “vivir” en gran medida en la intimidad de la vida y obra de su personaje. Ahora bien, cuando es el propio biografiado quien ofrece –como en este caso Castellani a través de sus diarios, cartas y libros- el itinerario, el tono, las vivencias, los estados de ánimo, los comentarios de su vida –sobre todo de su vida interior-, entonces el cuadro puede ser más completo, más veraz, más certero. El biógrafo puede mejor dedicarse a recorrer documentalmente los hechos exteriores, las vinculaciones y sucedidos del biografiado, mientras que este último aporta el contenido, el motivo, la reacción, la respuesta –su respuesta- a todo ello. En este sentido, la riqueza documental y testimonial de este libro es desde luego insuperable y digna de encomio.

Sebastián Randle parece haber dado la clave de interpretación del contenido de esta segunda parte de la vida del padre Castellani, no sólo al titular su libro “Castellani maldito”, sino al encabezar cada capítulo del libro con una cita del Libro de Job.  La mención de Job nos permite aproximarnos mejor a la vida atormentada de quien el Padre Pío llamara –según un testimonio recogido por Randle- un “profeta”. Un profeta acorralado, marginado, raleado, perseguido: como pasa con los veros profetas.

Ahora bien, sabemos por experiencia que los seguidores del Padre Castellani son variadísimos y que cada cual parece haber tomado su propio Castellani para uso propio, de acuerdo a su conveniencia o a sus luces, a sus provechos y necesidades, identificando su figura con su respectivo grupo, club, clan, congregación o secta. Hay católicos castellanianos de línea-media, línea tres-cuartos, “juanpablistas”, “ratzingereanos”, “lefebvristas”, sedevacantistas, milenaristas, nacionalistas, tradicionalistas-conciliares, conservadores o tradiliberales españoles, etc. ¡Hasta hay fariseos que ciegamente se dicen seguidores de Castellani! Indudablemente que Castellani tiene un inmenso caudal de enseñanzas del que todos se pueden aprovechar, en el que todos pueden abrevar, pues el campo de su erudición, su conocimiento teológico- exegético, y su talento crítico y literario son profundísimos y extensísimos. Pero entonces podríamos preguntarnos, ¿es que hay tantos Castellanis como se pretende, es que Castellani es todo eso junto, abarca todas las tendencias y personalidades dispares, algunas fuertemente enfrentadas entre sí? Es inevitable que la propia subjetividad entre en juego -¿inevitable?- en muchos que probablemente se sirvan de Castellani para sostenerse en un camino tan enrevesado y, como gozosa que es y resulta la lectura del “Cura loco”, se lo toma de acuerdo a la propia necesidad, al propio gusto, a la propia conveniencia. “Lo que se recibe se recibe al modo del recipiente”.

Tanto el anterior libro de Randle como este de ahora, o más bien de Castellani-Randle, aún con sus falencias, debilidades, incongruencias que podríamos permitirnos señalar u objetar (y que encontramos más numerosas en el primer tomo), nos dan pie, nos conducen, nos estimulan a pensar en toda una serie de temas, que parecen confluir en este: cómo ser católicos hoy, cuál y cómo debe ser nuestro combate, y cuál es el servicio que nos presta y sigue prestando Castellani hoy en día. Qué es lo que podemos tomar y lo que conviene relegar de su obra. Castellani es el defensor de la inteligencia contra la estulticia. Es lo contrario de Bergoglio, de quien bien dijo Randle en una entrevista que es el “anti-Castellani” (hay más distancia entre ellos que entre el Cura Loco y Mons. Panchampla). Pero conviene saber seguirlo sin tomarlo como el Magisterio de la Iglesia, como dotado de infalibilidad, como hacen algunos. Flaco favor le haríamos. 

Ahora bien, no puede hablarse de todo esto sin hacer referencia a Mons. Lefebvre y su inmensa obra en pro de la Tradición, como se han permitido los de la línea-media y demás, que aceptaron las reformas venenosas del concilio sin haber aprendido del propio Castellani y de Lefebvre “cuándo hay que desobedecer”:

 —Los que saben el punto exacto en el cual se debe DESobedecer, esos son pocos, y les va mal en esta vida —dijo con rostro humoroso y enteramente tranquilo—, pero son grandes bienhechores de la Humanidad.
(Su Majestad Dulcinea)

Esto es: desobedecer a los hombres para no desobedecer a Dios. El mismo Castellani señaló el “paso fructuoso y meritorio” de Mons. Lefebvre por la Argentina, en aquella dedicatoria de uno de sus libros (“El Ruiseñor fusilado”), agregando su “homenaje del sacerdote simple”.

Castellanianos y Lefebvristas

Recientemente, un bloguero vinculado a la FSSPX (a la vieja y a la nueva FSSPX), Dardo Calderón, dijo algunas cosas muy interesantes que podemos referir, empezando por la siguiente:

“Y de hecho, ese Castellani que ha llevado a Randle a ese puerto, no es para mí recomendable. Y sigo disfrutando el mío”.

¿A qué se refiere Calderón con “ese puerto”? Al del liberalismo, modernismo o poco menos. A un tradicionalismo resabiado de liberalismo. Sobre todo en relación a las desafortunadas expresiones (que en su momento todos los seguidores de Mons. Lefebvre bien deploramos) de Randle en el primer tomo respeto del Novus Ordo y a que

“En su segundo tomo ya su espíritu caótico nos confirma que es una reacción contra los “mil años anteriores” al hacer concluir su “castellanismo” con las ideas de Bouyer a las que toma como obra segura, y a la guía espiritual de Peretó Rivas al que cita constantemente (no sé en qué obras). Con ellos descubre su verdadero rencor: el “integrismo”, al que identifica con aquel fariseísmo al que entiende, se dirige la crítica de Castellani”.

Hasta donde podemos ver, no encontramos lo que se dice “rencor”, en todo caso sí confusión y cierto desdén respecto de lo que es el “Tradicionalismo” católico, y sí, desde luego, una subestimación de Mons. Lefebvre y el “lefebvrismo” (que no existe como tal, sino en cuanto a seguir la Tradición católica de siempre, bajo la guía segura del gran Arzobispo francés). Y aceptación de modernistas “tradicionales” o “conservadores”, como los mencionados, claro. Unos se dejan llevar por Castellani a un puerto, otros lo siguen a su gusto, otros quizás naufraguen con “su” Castellani (algunos lo están haciendo desde hace rato). En fin, como diría el propio Randle, “pobre Castellani”. ¿Habrá sido de él la culpa? En todo caso, no por este lado de los que adhieren a una “Tradición” porque imitan su cualidad de “enfant terrible”, único e irrepetible. Pues si así lo imitan, no sufren las consecuencias que sí sufrió Castellani por enfrentar el fariseísmo. Y Castellani, como sabemos, es “ejemplar único”. Claro que Mons. Lefebvre, cuando vino la ola salvaje de modernismo conciliar, vio más allá y tuvo un mejor “periscopio” que Castellani. Y esto es lo que muchos no asumen o no alcanzan a ver.


Por cierto que estas consideraciones nos llevan a la siguiente reflexión, la cual anticipamos se refiere a la suerte dispar que han corrido, tanto los discípulos, seguidores y admiradores del P. Castellani, como los de Mons. Lefebvre.

Está claro que hay sectores, los que se conocen comúnmente como “línea-media” (al respecto, una buena definición acá), muy afectos al padre Castellani pero que a la vez no han comprendido el verdadero sentido del combate de Mons. Lefebvre y la posición de la FSSPX. Todavía no entienden que existe algo llamado “iglesia conciliar”, diferente y opuesto a la Iglesia católica. Quizás el no “sacar los pies del plato” de sus propios grupos de pertenencia, de sus cómodos círculos de influencia, y sobre todo el mal discernimiento de la crisis modernista que se consolidó cuando ocupó oficialmente la Iglesia con el Vaticano II, los ha dejado en sus habituales posiciones, poco y nada riesgosas, en vista de su resistencia individual e “invisible” para un aparato modernista conciliar que sólo veía enfrente un verdadero enemigo: Mons. Lefebvre y su Fraternidad San Pío X. Así aquellos aguantaban la nueva misa y todas las payasadas habidas y por haber (como certifica Randle en el primer tomo de la biografía) sin ningún mérito. Allí mismo (p. 843) dice Castellani: “No habría martirio ninguno en que yo aceptara esta situación, y fingiera estar obedeciendo: habría vileza. El martirio se hace en aras de la verdad. Al contrario, la conciencia me dice que debo hacer todo cuanto pueda por salir de aquí, dando así testimonio con los hechos de que ‘no hay obediencia contra la verdad o contra la razón’”. Un falso sentido de la obediencia les privó del tesoro de la misa católica, hasta que el modernista Benedicto XVI tiró el anzuelo Summorum Pontificum lanzado hacia la FSSPX, y empezaron a asimilarse a una mayor noción de la Tradición, sin por eso dejar su postura capillista, porque no podían “mezclarse” con los lefebvristas, esos “leprosos” que rechazaban el Vaticano II. De todos modos, y esto también hay que decirlo, son muchos ahora los que, gracias a los desmanes y demoliciones del insuperable Francisco, ven cada día un poco más. El problema ahora se plantea desde el otro costado, pues cuando sería el tiempo de que muchos de estos línea-media estuvieran listos para salir de esa falsa posición, y abrazar enteramente la Tradición católica, es la propia FSSPX la que está de regreso, ingresando en esa zona tan peligrosa de los acuerdos, “reconocimientos”, “reconciliaciones” y “normalizaciones” negociados con la Roma modernista y apóstata.

Calderón va en su artículo a los antecedentes en esta crisis en los grupos de la Tradición y el nacionalismo en nuestro país, dando una acertada descripción:

Un desastre de tal magnitud no podía perdurar de esa manera y hubo reacciones. Castellani inspiró una de ellas. La individual. Su prudencia política fue infalible en el desacierto.
Los grupos nacionalistas produjeron “movimientos” basados en la formación principalmente, lo que era imprescindible y fue muy bueno. La cuestión litúrgica era una molestia pero no era un “tema”, lo que es más o menos normal entre laicos y era bastante normal entre curas. (…) Estas agrupaciones tenían esa nota de individualismo castellaniano en la mochila, la pose neurótica y anticlerical que siempre impidió una cohesión. Meinvielle con más teología y menos neurosis, tragaba de mala manera las reformas conciliares, pero tragaba. Y no se tragaba mucho a los “enfants terribles”… (Esta idea de que lo litúrgico era una cuestión protocolar que atendían esa especie de “mayordomos” o “sacristanes” de segundo rango, fue la brecha que permitió a Bugninni avanzar en la revolución haciendo el chancho rengo, sin que nadie lo notara hasta tener el asunto cocinado y la teología agarrada de los fondillos (…)
No podemos dejar de ver que esta solución individual – como toda solución individual-  era la puerta de entrada de la neurosis, de alguna manera perdonable y explicable en el genio y la soledad de aquellos curas que no la quisieron y la tuvieron que sufrir, pero imposible para fundar familias sanas o movimientos fuertes partiendo de este modelo personal. Menos todavía esa orfandad de “parroquia”, de sacerdotes para formar los críos y establecer una mínima disciplina religiosa. La Iglesia se hacía intangible para los buenos católicos.
Un esfuerzo de reacción sacerdotal se produjo en el Seminario de Paraná y tuvo sus frutos, y más allá de algunas taras producidas por el hecho de que algunos curas querían ser un Castellani (sin el genio y con el cinturón de cuero y la boina), lo cierto es que el noble proyecto sucumbió bajo las subordinaciones diocesanas y una vez que voló el Obispo que lo sustentó, como pudo y no como quiso: caput.
(…) Un Monseñor francés había comenzado algo realmente loco, una “fábrica de curas” por fuera de todas esas influencias destructoras que habían frustrado todos los intentos con subordinación diocesana. Sin “oficiales” no habría reacción y lo que había que hacer eran “curas” con profundidad espiritual, esto se caía de maduro, el catolicismo es sacerdotal. Otros – por ejemplo el Padre Buela- comenzaban tareas parecidas buscando encajes jurídicos de mayor independencia, pero aun lograndola, no soltaba las amarras con Roma y sus venturas dependían del padrinazgo de algún Cardenal que guiñaba para los dos lados, o del humor del Obispo de la diócesis en que se encontraban, que soportaría o sabotearía la tarea. La jurisdicción tiene una fuerza enorme en el orden eclesial.
La fórmula lefebrista de invocar un “estado de necesidad” que los ponía por encima del derecho canónico positivo, la jurisdicción, y sus injustas sanciones, era la única que permitía avanzar sin el sabotaje constante de los leguleyos y quedando fuera del alcance de los diocesanos.  Hay que reconocer que el grito de alerta sobre la cuestión litúrgica fue más mérito del místico Calmel que influyó sobre el prudente Lefebvre.”

Hasta aquí estamos de acuerdo. Es cierto también que

“Todos nos llevábamos un poco de Castellani. Un poco. Ya que Castellani se agotaba en Castellani, un “drama” que señalaba un momento, un “enfant terrible” imposible de emular ni de seguir (en lo de ser ese “enfant terrible” fue un hombre de su tiempo), que ardió señalando una luz en medio de la tormenta oscura, imprescindible en ella, pero que nació para arder en un momento en que todo se enfriaba y no para construir en orden. Castellani no era para cocer a fuego lento una reacción. Quizá algunos pocos, muy pocos, pretendieron seguir siendo “Castellanis” contra toda razón de prudencia”.

Aunque ¿cuál Castellani se agotaba en Castellani? ¿Él en sí mismo, o algunas de sus enseñanzas? ¿Él como maestro o él como modelo? ¿Castellani ardió señalando una luz, pero ya no arde más? ¿Es una cosa del pasado? Pues a continuación viene lo que consideramos una limitación en la percepción sobre lo que ha significado y significa Castellani. Y que en gran parte -o por lo menos para nosotros argentinos- nos explica mejor la debacle actual de la Fraternidad en nuestras tierras sin que haya casi reacción (las negritas son nuestras):

“Confieso sin lamentaciones que quienes tomamos el rumbo del tradicionalismo lefebrista, extrañando al principio toda esa libertad y audacia castellaniana y haciéndonos fuerza para recibir esa “novedad” de la vieja disciplina y estructura católica: clerical, jerárquica, formal y doctrinal (y para colmo ¡francesa!); con la serena calma de una vida “normal” y comunitaria, sin neurosis y con más sujeciones que libertades... dejamos ir a Castellani. Pero reconozcamos que audacia no faltaba, ya que finalmente eran los únicos que enfrentaron al “aparato” sin tanto aparato, con un coraje calmoso y ordenado, y que estaban construyendo una Institución ordenada para la restauración; no digo “estable” ni “fuerte”, que ya no es posible en estos tiempos, pero con más posibilidades que todas las otras que no habían dado el “carpetazo” jurídico. Nada de “enfants terribles” ni de dramas; arremangarse y trabajar bajo un orden jerárquico, enfrentando sin perder la cabeza”.

“Dejamos ir a Castellani”.

“Dejamos ir a Castellani como un recuerdo glorioso de una época que pudo ser fatal sin él, pero que formaba parte de las anécdotas que contábamos en la mesa familiar – junto con las de las asambleas setentistas en el colegio o la facu, o los viajes haciendo “dedo”, o las miles de lecturas poco recomendables que teníamos - con el claro aviso a la prole de que ya no correspondía emularlas”.

“Dejamos ir a Castellani”.

Castellani quedó en el pasado. Castellani “ya fue”. Veamos bien lo que quiere decir esto para nosotros, según lo vemos por conocer bien el paño de la Fraternidad. El decir “dejamos ir” implica y nosotros lo implicamos con una actitud general de la congregación y de los sacerdotes que llevan adelante –o deberían- el combate de la Tradición en la Fraternidad. No indicamos con ello la actitud individual de muchos cultores de Castellani. El mismo Calderón se refiere a Castellani como “al que quiero entrañablemente y cultivo periódicamente”. El asunto está en cómo nos ayuda hoy Castellani, en qué terreno, en cuál combate. Y si debe ser reemplazado por Mons. Lefebvre, o más bien son complementarios.

Es cierto que quien descubre a Castellani no necesariamente termina formando parte de la Tradición católica. Así vemos que hay muchos de la línea-media y misa nueva (allá ellos con su descubrimiento limitado y su condicionada búsqueda de la verdad; algunos de estos incluso estúpidamente se han comprometido en las filas enemigas de la Tradición atacando a Mons. Lefebvre y la FSSPX). En cambio, quien descubre a Mons. Lefebvre y lo sigue, termina abrazando la Tradición católica, entendiendo mejor los problemas de la hora actual (claro que también los hay que están dejando a Mons. Lefebvre en el pasado, a eso iremos).

Ellos dejaron ir a Castellani, ¿a qué Castellani dejaron ir? Dejaron ir al más lúcido vigía contra el mal religioso por excelencia, al más claro denunciante de la enfermedad específica de la religión: el fariseísmo.  Castellani vio como ninguno –como pocos- el mal de la exteriorización farisaica de la religión, la politización de la fe, la falsificación y la hojarasca hipócritas escondidas en la jerarquía eclesiástica, el liberalismo y la hipocresía carcomiendo la Iglesia, lo vio y lo padeció muchísimo antes de que todo eso estallara y se hiciera evidente en el Vaticano II. Y acá viene muy a cuento lo siguiente que podemos referir a título personal: hace unos años atrás las circunstancias nos llevaron a entrar en convivencia y trato con algunos sacerdotes de la Fraternidad, particularmente con uno que era un prior y que se decía muy seguidor de Castellani. Una vez le fui con el libro de Castellani “Cristo y los Fariseos” bajo el brazo, que acababa de leer y me tenía fascinado, para recabar su opinión. El cura, con mala cara (siempre tenía mala cara, pero esa vez fue peor), ninguneó el libro, diciendo que le parecía “muy duro”, dejándolo de lado. Citaba mucho a Castellani en sus boletines, pero este libro (y lo que tuviera que ver con el fariseísmo) quedaba siempre a un costado. Por entonces este sacerdote se manifestaba duramente contra la política acuerdista de Mons. Fellay, pero al poco tiempo llegó de visita al priorato Mons. Fellay, y el duro opositor…se dio vuelta como un panqueque, rindiendo pleitesía al otrora criticado Superior. Posteriormente ese joven prior fue llevado -gracias a su dócil acuerdismo, suponemos, porque no le encontramos los necesarios méritos- como subdirector a un importante Seminario. Lógicamente, tenía que molestarle ese Castellani que describía con minucioso ojo clínico y con toda la experiencia de su vida el fariseísmo, no trepidando en hacer frente a unos “superiores” que eran en verdad “inferiores”, funcionarios funcionales a la falsificación del cristianismo en los jesuitas y en la Iglesia. Ese Castellani metía el dedo en la llaga, y daba diagnósticos y soluciones precisas, en cuanto al combate contra esa falsificación religiosa, por parte de los “Superiores”. Y porque Castellani se había animado a buscar corregir ese cáncer en los jesuitas, mediante sus escritos, había sido castigado. Este sacerdote de la Fraternidad, en cambio, siguiendo la corriente de los liberales, había sido premiado. Como lo fueron otros que ya hacía tiempo habían “dejado ir a Castellani”… ¿Y luego qué pasó?  

“Dejamos ir a Lefebvre”

Sí, parece demasiado pero en verdad no lo es.

Como dijo el mismo Mons. Lefebvre;

“Es claro que, con todos los que nos dejan o han dejado por el sedevacantismo o porque quieren someterse a la jerarquía actual de la Iglesia, aun esperando conservar la Tradición, no podemos mantener relación. No es posible. Nosotros decimos que no se puede estar sometido a la autoridad eclesiástica y guardar la Tradición. Ellos afirman lo contrario. Es engañar a los fieles. Podemos tenerles estima, no es cuestión de insultarlos, pero no queremos entablar polémicas y preferimos no seguir en contacto con ellos. Hay que hacer el sacrificio; pero no ha empezado hoy: dura desde hace veinte años.” (Flavigny, diciembre de 1988)

Eso es lo que podrían decir hoy muchos de los que “dejaron ir a Castellani”. “Dejamos ir a Lefebvre”. Es cierto lo que dice Calderón, que

“Con Castellani no se puede hacer una Institución, se puede sobrevivir cuando se grita ¡sálvese quién pueda! en el medio del zafarrancho. Y con él, y no por su culpa, se puede uno encariñar con una pose que gusta de que el zafarrancho continúe. Y nos atrevemos a asegurar que quienes se mantuvieron “castellanistas” de la primera hora, tienen esa tendencia. Miremos por ejemplo la argumentación de su principal admirador, si biógrafo Sebastián Randle, defendiendo el por qué convenía asistir a la Nueva Misa y no a la Tridentina (…)
Nada de “enfants terribles” ni de dramas; arremangarse y trabajar bajo un orden jerárquico, enfrentando sin perder la cabeza”.

El Padre Castellani fue una reacción. Mons. Lefebvre fue una reacción y además un contraataque y una reconstrucción. Pero hoy Mons. Fellay es una destrucción. Con Castellani no se puede hacer una institución (pero se puede salvar una institución mostrando su enfermedad). Con Mons. Lefebvre (y con Mons. Faure, su continuador) se puede hacer una institución. Con Fellay se puede destruir una institución. Con Castellani se pueden ver los enemigos adentro de la institución. Con Lefebvre se puede mantener en buena forma la institución resistiendo a los enemigos externos. Con Fellay se pueden promover a los liberales y fariseos en la institución. Castellani nos dejó sus anteojos para ver de cerca la podredumbre eclesial. Lefebvre nos dejó sus anteojos para ver de cerca la podredumbre conciliar. Fellay nos ha dejado sus anteojos rosados…para ver la bondad de Bergoglio.

Cita Randle a Castellani (p.290): “El pueblo que rechaza sus maestros naturales, se saca los ojos”. ¿Por qué son pocos hoy los que ven, o si ven no hablan en la FSSPX? Quiero decir, que alerten contra el barco que se está hundiendo (sí, desde hace muchos años que comenzó el hundimiento). “Los que están muy enfermos no aman oír hablar de la muerte”. Una vez que se dejaron ir los “profetas de calamidades” (como diría un papa conciliar), había que sentirse “tranquilo”, “nada de enfants terribles ni de dramas”. Todo va bien en la Fraternidad, consolidada, grande, numerosa, fuerte, se hace respetar. Sólo falta que Roma, a sus pies, le conceda la estampilla de “Católica”. Sí, había que desembarazarse de todo lo que nos hiciera parecer “anormales” o “incorrectos”. Empezando por las “excomuniones”, que eran inexistentes pero al fin y al cabo, una “mancha”. Luego, había que desembarazarse de los que son “políticamente incorrectos” (sobre todo con el poder de la sinagoga). Por ejemplo, eso es lo que ocurrió con Mons. Williamson, que mucho antes que nadie (por lo menos desde el 2004) empezó a alertar contra los ciegos que sentados sobre su orgullo por ser parte del “baluarte” y no ser “línea media”, creyeron el barco inexpugnable, inhundible como el Titanic. Así que hubo que “dejar ir” a Mons. Williamson también. Y ahora no ven ante sus narices a los liberales, a los fariseos, a los traidores. Nos valdremos de otra cita del P. Castellani, para ayudarnos, pues si bien la comparación es muy ancha, las analogías nos valen: “El asesinato de Jesucristo rompió la unidad religiosa del pueblo de Israel, que era su única fuerza. Antes, ningún otro pueblo había podido deshacer y dispersar a ese pequeño. El asesinato “legal” de Jesucristo destruyó la ley. La muerte del último profeta destruyó a los profetas. Los hebreos debían quedar errantes por el desierto al eliminar al sucesor directo de Moisés, el Conductor”. Cambiando todo lo que haya que cambiar, la expulsión y defenestración de Mons. Williamson (y luego del Padre Faure) rompió la unidad de la FSSPX, que a partir de entonces comenzó a desgajase y continúa haciéndolo, pese al tirano que intenta cohesionarla a base de censuras, persecuciones, promociones a los adictos, control férreo de las comunicaciones y política publicitaria y branding corporativo. La Fraternidad perdió la fuerza que tenía y “está para el cachetazo”. ¿Acaso no lo vemos graficado en la bochornosa entrevista de Mons. Fellay con Tim Sebastian? ¿En el manoseo a que la somete Roma con sus “dádivas” que no hacen más que coartar su libertad de acción cada vez más? ¿En los escándalos que se suceden en Francia? Ahora la Fraternidad anda “errante” detrás de un “reconocimiento”…Y esto no tiene vuelta atrás, a no ser que… ¿Qué? Como dice Castellani: “Es inevitable, una injusticia no reparada es una úlcera progresiva” (p. 459). A no ser que se comience por reparar las injusticias, y volver a los principios que guiaron el combate de Mons. Lefebvre y que se sostuvieron oficialmente hasta el capítulo de 2006 inclusive.

El pueblo que rechaza sus maestros naturales, se saca los ojos”, dijo bien Castellani. Primero, algunos rechazaron a Mons. Lefebvre (aunque los nacionalistas en general o en gran parte lo ayudaron a establecerse en Argentina, como bien explica este artículo) mientras seguían siendo “castellanianos”. Otros desdeñaron a Castellani para seguir a Lefebvre. Hoy parece que los que no supieron sacar provecho del mejor Castellani, tampoco son capaces de sacar provecho del mejor Lefebvre, haciendo del primero sólo un “enfant terrible” cuyo drama “señala un momento” y del otro un “pragmático acuerdista” que deseaba ser “normalizado” por Roma. Tanto Castellani como Lefebvre tuvieron graves problemas con las autoridades eclesiásticas, ninguno se hizo sedevacantista, pero ninguno tampoco aceptó una ficción o simular haberse equivocado para recibir el “perdón” de los fariseos romanos. Por esta intransigencia ambos fueron perseguidos duramente. Ambos fueron “malditos”, y lo siguen siendo. Pero lo peor que les puede pasar, quizás lo que no imaginaron, es que quienes son sus discípulos, sus seguidores, sus hijos espirituales, ya no comprendan lo que significan y que sean ellos también los que se alejen de ellos, “dejándolos ir”. “Desde aquel momento, muchos de sus discípulos volvieron atrás y dejaron de andar con Él. Entonces Jesús dijo a los Doce: ‘¿Queréis iros también vosotros?’” (Jn. 6, 66-67).

Sí, sin dudas, habrá unos cuantos que ya se animarán a pensar y decirse entre ellos: “Dejamos ir a Lefebvre como un recuerdo glorioso de una época que pudo ser fatal sin él”.

Milenarismo

Conste que necesitamos a Castellani. Pero dijimos también que había que tomar lo mejor de Castellani y dejar de lado lo que es discutible, lo que no pasa de ser opinión, para este combate durísimo que sostenemos. Al final del capítulo XXXI de su libro, Randle se la agarra –y hace bien- con los que fueron los “falsos amigos” de Castellani. Pero, a continuación, ensaya una especie de defensa propia, debido a las muchas críticas que recibió a raíz de su primera parte (un poco de autocrítica hubiese venido bien; ¿quizás el problema estuvo en que nadie supo hacerle llegar una buena crítica?, no sabemos). Y entonces desbarranca. Dice que “no se puede alabarlo por esto y censurarlo por aquello otro. Y no se puede porque él es de una sola pieza (y su obra también lo es)”. Pero una cosa es no querer separar su vida de su obra, y otra muy distinta es revisar cada parte de su obra en sí, que ha pasado por distintas etapas y abarcado muchos temas, como para aceptarlo todo acríticamente. De hecho varios de los castellanistas han criticado duramente sus poesías (el mismo Randle lo ha hecho, si no nos equivocamos). El mismo Castellani reconoce ciertos defectos en algunos sus libros (pág. 402-403 libro de Randle): “Los defectos de mis libros son: algunas faltas de buen gusto, cierta jactancia o fanfarronería que no a todos es simpática, cierto egocentrismo o pensar demasiado en sí mismo (que quizás sea un lado morboso de mi carácter) y el hecho de mezclar en uno lo cierto y lo dogmático con meras opiniones mías…”. Así que no se trata de repudiar a nuestro buen y gran Castellani, sino de mirar más de cerca su obra, como nos lo permiten los libros de Randle. Para no volvernos ciegos, como enseñó Castellani, que veía más porque, como él decía, estaba parado sobre los hombros de sus mayores. Y así pretendemos hacer nosotros. El obtuso fanatismo es para los que no quieren pensar con la propia cabeza. Y si en algo nos ayudó Castellani, es a utilizar nuestra propia cabeza.

Castellani no fue infalible, como parecen creer muchos de sus seguidores fanatizados y soberbios. Así por ejemplo, no podemos ni debemos seguir al Castellani que aceptó la reforma litúrgica del nefasto concilio Vaticano II, y que incluso hizo algún comentario favorable al mismo (sin buen conocimiento del mismo, claro está), como se puede comprobar en el libro de Randle. Ni tampoco podemos seguir al Castellani que, a pesar de que alguna vez dijo que no era milenarista, sin embargo apoyó al milenarismo (llamado por él “milenismo”), dogmatizando si se puede decir así, desde su novela “Su Majestad Dulcinea” (libro que apreciamos muchísimo), esa opinión, la cual toman los hoy recalcitrantes adherentes milenaristas y sedevacantistas de la “Iglesia perimida” que nos hacen acordar estas palabras del “Juan XXIII (XXIV)” (p. 230) de Castellani:

-De ninguna manera –hizo el andaluz riendo—Yo creo en la Iglesia Visible: sólo que actualmente ella consta de dos personas y no más: usted y yo”.

Estos exclusivos miembros de la “Iglesia Visible” reducida a un departamento dos ambientes, gustan de excretar insultos a sus impugnadores (entre los cuales se encuentra la Iglesia entera –incluyendo a alguien llamado Santo Tomás de Aquino, pues el milenarismo no pertenece a la Tradición de la Iglesia y el Magisterio ha mandado no difundirlo ni enseñarlo).

Por cierto, Castellani se declaró “no milenarista”, diciéndolo de esta manera, y sin hacer distingos entre “milenarismo carnal” o “milnarismo mitigado”:

Yo no soy milenista [milenarista] tampoco soy antimilenista o “alegorista”. Si oyen decir que soy milenista (pues ha sido dicho, e incluso desde cátedras) respondan que es embuste; aunque no sería ningún crimen que yo lo fuese. Pero...Yo no me siento capaz de dirimir este problema difícil, y de lo que no sé, no suelo hablar -ni menos enseñar” (“Domingueras prédicas”, Sermón del Domingo de Pascua, 1966, pág. 120, Ed. Jauja).

Yo no soy milenarista, y por eso no quiero hacer aquí el cuadro de ‘lo que sería’ este mundo gobernado durante mil años por los resucitados” (“El Evangelio de Jesucristo”, Domingo decimoquinto después de Pentecostés, pág. 327, Ed. Dictio).

Como fuere –Castellani podía llegar a ser contradictorio-, algunos fanatizados seguidores han hecho de él algo así como el “Jefe espiritual” del actual milenarismo, citándolo indiscriminadamente y con insistencia, para hacer lucir la para ellos indudable certeza, superioridad e inexpugnabilidad de su doctrina, y el “satanismo” o “milenarismo carnal” de sus “indoctos” contradictores (como suele hacer un cura que se presenta como “El Defensor del Apokalipsis” y que ahora hasta anda de peleas con los mismos que comparten cartel en una radio…). Si nos detenemos más extensamente en este tema, no es porque el “milenismo” sea lo que caracteriza a Castellani, sino porque es un tema que muchos de sus admiradores pasan por alto o lo toman para llevarlo a unos extremos que nos hacen comprender el por qué la Iglesia le ha puesto tope: detrás de esa actitud surge un espíritu sectario, pues quienes la adoptan en estos tiempos son muy proclives a erigirse en “sabios” que necesitan ser “reconocidos”. Hace falta rescatar a Castellani de esta especie de secuestro en que lo tienen cautivo algunos excitados seguidores.

Randle trata apenas este tema, citando en dos lugares diferentes del libro tres fragmentos muy difundidos por algunos milenaristas obstinados (que hablan de un “milenarismo patrístico” que no es tal pues no todos los Santos Padres tuvieron esa opinión), que los toman como si fuera una verdad revelada o palabra del Magisterio. Veamos estos dos:

“El porvenir próximo del mundo depende del problema teológico de si Cristo ha de volver a consumar su Reino antes del fin del mundo d juntamente con el fin del mundo... —dijo meditativamente.
—Si la Parusía, el Reino de Dios, el Juicio Final y el Fin del Mundo —quiero decir, del ciclo adámico-—, son cosas simultáneas, como ensena la Facultad de Teología de esta República, es muy probable que antes de esa liquidación total alboree en la historia un gran triunfo de la Iglesia y un periodo de oro para la religion cristiana —como cree el capitán Arrieta—, el último periodo por cierto , en el cual se acaben de cumplir las profecías, principalmente la de la Conversion del Pueblo Judío y del Único Rebaño con el Único Pastor. Ese periodo no podrá ser largo; quizá el tiempo de una vida humana; y después volverán con la fuerza incontrastable de la catástrofe las fuerzas demoniacas tremendas que vemos en acción en estos momentos.
(…)
—-Pero si Cristo ha de venir antes, a vencer al Anticristo, y a reinar por un periodo en la tierra; es decir, si la Parusía y el Juicio Final no coinciden, sino que son dos sucesos separados, como creyó la tradición apostólica y los Santos Padres más antiguos... entonces esa esperanza de un próximo triunfo temporal de la Iglesia, tan predicado por Monseñor Fleurette, no vale; ni tampoco todas las profecías particulares que se apoyan en ella”.

No necesariamente la opinión contraria al milenarismo (que no equivale a ser “antimilenarista”) tiene que comprender un “triunfo temporal de la Iglesia predicado por Monseñor Fleurette”. No se explica en lo que dice Castellani por qué “El porvenir próximo del mundo depende del problema teológico de si Cristo ha de volver a consumar su Reino antes del fin del mundo o juntamente con el fin del mundo...”. Ni Santo Tomás ni ninguno de los grandes teólogos y Doctores de la Iglesia ha planteado las cosas así. Uno de estos milenaristas desaforados llega a decir que Cristo fue traicionado por Judas porque este era antimilenarista (¡!), cuando más bien podría decirse quizás que Judas traicionó a Cristo por ser un milenarista carnal y no entender o aceptar que Cristo había venido a traer su Reino que era un reino espiritual.

Que la Iglesia no condenó el milenarismo porque “estaría cercenando la rama del árbol sobre la cual se asienta” no es cierto, pues el milenarismo no es Tradición de la Iglesia, sino una opinión sostenida por muchos santos de los primeros cuatro siglos y algunos pocos posteriores. Dice San Vicente de Lerins en su “Conmonitorio”: “En la Iglesia Católica hay que poner el mayor cuidado para mantener lo que ha sido creído en todas partes, siempre y por todos.” Dice Castellani en su libro con Alcañiz (La Iglesia Patrística y la Parusía, ed. Paulinas, Buenos Aires 1962): “Dije arriba que la Iglesia nunca condenará el milenismo espiritual; y aquí mis razones: La Iglesia enseña que las dos fuentes de la doctrina revelada son la Escritura y la Tradición. La tradición de la Iglesia Primitiva (la más importante de todas) durante cuatro siglos por lo menos ha sido milenista”. Pero la Tradición no se reduce a “la de la Iglesia primitiva” sino a la que "siempre", en "todas partes" y "por todos" fue enseñada y transmitida. El Cardenal Franzelin ha explicado que el milenarismo –de cualquier clase- nunca fue sostenido en todas partes ni siempre ni por todos. Escribe este autor además:

«Después de Lactancio, al comienzo del siglo IV, ya ningún autor serio y católico hasta hoy ha mencionado esta teoría, sin que haya sido para al mismo tiempo desaprobarla y rechazarla». «Así pues, no puede haber ninguna duda acerca de la unanimidad universal, constante y ratificada de los Padres y de los Doctores, por lo menos a partir del siglo V hasta nuestros días, en el hecho de rechazar esta opinión milenarista». (B. Franzelin, "Thesis XVI. Opinio de regno Christi millenario…en su obra: Tractatus de Divina Traditione et Scriptura,   Romae (1882, 3a.  ed.)

Dice luego este mismo autor en su obra citada:

A partir de aquel tiempo en que la inteligencia de la doctrina y dogmas católicos fue explicada y cultivada en grado máximo, desde el comienzo del siglo IV y en el siglo V, en los cuales florecieron casi todos los máximos doctores de la Iglesia,  esta supuesta Tradición apostólica [el milenarismo, nota nuestra] y la inteligencia verdadera del sentido obvio de las Escrituras y del mismo símbolo, no sólo se oscureció cada vez más y fue dada al olvido,  sino que se vio combatida y rechazada por todos los doctores,  en cuyas obras todavía aparece alguna mención de este asunto,  ¿habrían conspirado unánimemente los doctores para desviar la Escritura de su sentido claro y obvio hacia explicaciones más difíciles, figuradas y (en hipótesis) falsas, toda vez que se trata de los últimos días,  no sólo en uno u otro pasaje,  sino en muchos libros del Antiguo y Nuevo Testamento? En la Iglesia universal, cuando se explica al pueblo ya en las catequesis e instrucciones, ya en las escuelas la segunda venida de Jesucristo, la resurrección de los muertos y el último juicio, ¿se habría ocultado constantemente y por todas partes, al menos a partir del siglo IV la verdad transmitida por los Apóstoles y en su lugar se habrían enseñado cosas que no pueden componerse con aquella verdad? Pero no hay quien pueda entender cómo todo esto pueda ser compatible con la economía de la Tradición y con la prometida asistencia del Espíritu Santo, que preserva del error a la inteligencia católica, guiándola hacia toda verdad. 
Sin duda, puede haber y hay verdades, que, transmitidas primeramente implícita y más oscuramente en la predicación de los Apóstoles, o una doctrina comprendida primitivamente más por costumbre práctica que en teoría, alguna vez hayan sido ocasión de controversia dentro de los mismos confines de la Iglesia; pero, una vez nacida (tal controversia), poco a poco fueron explicadas y declaradas más lúcidamente, hasta que pasaron al universal consentimiento de toda la Iglesia… Pero nunca sucedió, y es imposible que pase, dada la economía de la Tradición, que, en orden inverso, un artículo de la fe, comprendido al principio explícitamente y en sentido claro y obvio en la predicación eclesiástica y la inteligencia católica,  después,  habiendo surgido tal vez una controversia, retroceda hacia la oscuridad, pase al disenso y que, por fin,  prevalezca contra él un consenso opuesto y negador, la cual negación, para más, domine sin contradicción en la Iglesia universal de Dios a través de muchos siglos, en mil quinientos años.  Por lo tanto, según el mismo primer principio de la interpretación católica se demuestra que aquella claridad de las Escrituras, de la que se jactan los quiliastas, no es más que aparente, y en realidad de verdad, en aquellos mismos pasajes, por su misma aparente claridad hay mucha oscuridad latente;  no menos se demuestra esto, de lo que tratamos aquí, a saber: que aquella antigua doctrina anterior al siglo cuarto no fue un consenso católico".

Dom de Monleon afirma que

A partir del siglo IV, no encontramos ningún escritor católico digno de consideración, que defienda el milenarismo, y el parecer unánime de los teólogos, entre los más importantes hay que citar a Santo Tomás y San Buenaventura, lo desecha resueltamente”.

El Padre Hervé Belmont, por su parte, concluye:

La Iglesia nos ordena entonces firmemente desconfiar del milenarismo mitigado como de la peste. ¿Pero por qué?

 Desde el punto de vista de la verdad (punto de vista fundamental del Santo Oficio), este milenarismo no es enseñado por la divina Revelación pública, que es sin embargo la única que puede darnos a conocer un futuro que sólo depende de la voluntad de Dios.

 Nuestra esperanza tiene como objeto el Reino de Gloria en el Cielo: el cual ya existe, lo esperamos activamente y podemos ser llamados a él en cualquier momento.

 El combate por la Realeza social de Jesucristo es un combate presente, en la sociedad contemporánea, por la Iglesia Católica, que es desde ahora el Reino de Jesucristo sobre la tierra, y un reino que es principalmente espiritual.

 La vida cristiana no es la espera de una especie de nueva redención: hoy es cuando hay que vivir en estado de gracia para agradar a Dios, en la oración y el deber de estado, en el espíritu filial y el amor del prójimo. El resto no es más que mítico e imaginario.

Los milenaristas salvajes, dominados por un orgullo judaico, acusan –usando palabras de Castellani- a quienes impugnan sus opiniones de ser “milenaristas carnales”, de coincidir con el sueño de la Sinagoga antes de la Primera Venida o incluso de carnalizar  la profecía de Fátima  y el Triunfo de su Inmaculado Corazón. Nada de eso se prueba, sino que son acusaciones gratuitas. Así dice bien un sitio católico que

“Es un absurdo y un maniqueísmo la acusación de que algunos católicos “confundan” lo prometido con la Consagración de Rusia, el periodo de paz, como si fuese una especie de milenarismo craso o terrenal (¡y antes de la Parusía!), es decir, el que rechaza la Iglesia. Particularmente, el sacerdote Basilio Méramo (y otros) plantea este muñeco de paja para ganar adeptos a su causa personal. Ningún católico bien informado pretende que lo prometido en Fátima mediante la consagración de Rusia signifique una solución permanente a la crisis en la Iglesia y el mundo ni signifique la anulación de lo que deberá suceder en lo que se anuncia en las Sagradas Escrituras para la consumación de los últimos tiempos, pues la Virgen jamás lo dijo así, ella nos prometió “un periodo de paz para la humanidad” (no una paz permanente, sobre todo porque esto está en función de la fe de los hombres, de cuánto pidan a Dios por esta paz y cuánto rectifiquen sus vidas, es decir, sean congruentes con su fe), aún más, nos advirtió que aunque triunfará su Corazón Inmaculado (consagrando Rusia el papa junto a los obispos del mundo), será demasiado tarde pues los errores de Rusia ya se habrán esparcido por el mundo. Para darse una idea verdaderamente católica de lo que puede esperarse de una consagración de este tipo, será útil revisar el caso historico de Portugal: «¿Cómo sabremos que Rusia ha sido consagrada?: La predicción del Card. Cerejeira», con la diferencia de que la Virgen nos ha dicho que “será demasiado tarde” (es decir, quizás con efectos aminorados o gozando muy brevemente de esa paz, pues si se hubiese hecho a tiempo se habría gozado con mayor intensidad de lo prometido), y quienes enarbolan el espíritu del anticristo no se quedarán con los brazos cruzados, pero sin duda, será una prueba de que Dios y Su Madre Santísima está con la Iglesia de siempre (no con la de la apostasía) y con quienes permanecen siendo fieles a N.S. Jesucristo. Es una falsa dicotomía el enfrentar lo prometido en Fátima mediante la consagración de Rusia con la Parusía, es querer alimentar una falsa controversia para ganar adeptos a causas personales de revanchismo, estos son dos acontecimientos que sucederán a su debido tiempo”.

Por el contrario, lo que puede verse en la actitud de los furibundos milenaristas es que, poniendo el reino de Cristo en el futuro, abandonan el combate actual por Cristo rey. Así le hacen un gran favor a la iglesia conciliar y la sinagoga detrás, que luchan encarnizadamente ahora contra el reinado de Cristo en la Iglesia, en las sociedades y en las almas. San Pío X no habló de “instaurar todo en Cristo” cuando vuelva Nuestro Señor y lleguen los mil años de su reinado. Sino que habló de combatir ahora porque por ese reino que está representado y hecho efectivo en la Iglesia hay que luchar ahora.

Sobre el decreto del Santo Oficio del 21 de julio de 1944, leemos:

«La Iglesia tiene la intención de imponer un precepto doctrinal, también cuando condena una proposición sin censura alguna, o sea sin calificarla de herética o temeraria.
Así, se trata de un precepto doctrinal cuando la Iglesia declara que ciertas proposiciones no pueden enseñarse con seguridad. Cuando una proposición trae esta calificación significa que por lo menos hoy esta no es segura, pero no se puede inferir que la contradictoria sea común o cierta
(Cartechini, S. DALL’OPINIONE AL DOMMA. VALORE DELLE NOTE TEOLOGICHE. Ed. «LA CIVILTÀ CATTOLICA», ROMA,1953).

En definitiva, el Padre Castellani llevó su opinión milenarista a algunos de sus tan importantes libros, y fue tomado de allí por algunos frustrados “imitadores” suyos de una manera dañosa, pues se utiliza tal teoría para combatir a otros tradicionalistas, en base simplemente a una opinión sobre la cual la Iglesia ha sido clara: no debe enseñarse ni difundirse. El milenarismo mitigado está formalmente prohibido (o “desaconsejado”) por el Magisterio infalible (“El sistema del milenarismo mitigado no puede enseñarse sin peligro”). 

Se puede leer más al respecto en esta selección de textos alusivos (http://nonpossumus-vcr.blogspot.mx/p/milenarismo.html )  

Los que se dicen seguidores del Padre Castellani deberían recordar lo que éste dijo: «Nosotros realmente no sabemos si el milenarismo es dogmáticamente o apodícticamente verdadero; ni tampoco lo contrario. Sabemos que es por lo menos una hipótesis (digamos) científica que nos satisface más; y que no se combate con insultos y con espantajos, sino con razones…”, para dejar de combatir a quienes los impugnan con insultos y espantajos.

El arreglo

Castellani sufrió por la Iglesia y para la Iglesia. Sufrió por los hombres de la Iglesia que no tenían el espíritu de la Iglesia, y sufrió para erradicar ese mal de la Iglesia. El ser perseguido injustamente le ha servido y nos ha servido para conocer desde cerca el fariseísmo. Ese fariseísmo que ya en la Iglesia “preconciliar” estaba carcomiendo la belleza y santidad de la Iglesia, y que fue lo que entre otras cosas llevó a la peor calamidad de su historia: el concilio Vaticano II.

Ahora bien, si la pudrición que advirtió Castellani debe servirnos de alerta pues trajo como consecuencia aquel fruto del diablo, de igual modo los síntomas que se advierten en las filas de la Tradición han debido advertirnos y alertarnos sobre lo que iba a pasar, está pasando y pasará, en este caso con la Fraternidad San Pío X. Puede verse un poco mejor esto, regresando al “caso Castellani”.

La Iglesia romana buscó un acuerdo con Castellani, para devolverle la misa, pero buscando que Castellani asumiera una culpa que no tenía, quedando los capitostes romanos como sus misericordiosos bienhechores:

“Ayer recibí una carta de Mons. V. Medina que anuncia [que] Mons. Lafitte, con autorización de Roma, me da permiso para decir misa por tres años.
¿De dónde nace ese permiso para decir misa? De la misma fuente de donde nació la prohibición de decir misa. Ciertamente no nacieron neutras de “religiosidad”. Si antes era indigno, religiosamente hablando, ahora soy indigno; si antes era digno, ahora estoy lo mismo y no he cambiado, excepto algunos pecados más. No se trata aquí de un pecador que se ha arrepentido y regenerado, como tampoco antes se trató de un justo que había caído al abismo.
Antes, les convino políticamente (o creyeron que les convino) la prohibición; ahora les conviene políticamente (o creen que les conviene) el “permiso”.
Estamos en el plano del capricho humano, no en el de la fe o la caridad. Justus autem ex fide vivit.
(…) Por tanto, yo me quedo tranquilo, ya tengo permiso, y ellos se quedan tranquilos, ya me “han dado” permiso.
Y aquí no ha pasado nada”.
(Diario 11 de julio de 1959. Randle pág. 396)

Conste que Castellani estaba peleando con miembros de lo que todavía era la Iglesia católica que no había sido ocupada por la secta modernista que produjo la iglesia conciliar, con su nueva eclesiología, su nuevo ecumenismo, su nueva liturgia, sus principios masónicos, etcétera. Castellani si arreglaba no tenía que plegarse a una nueva fe. Sin embargo, su honestidad le impidió jugar la ficción de que había sido culpable para así obtener la preciada misa. No aceptó el chantaje. Él quería la verdad. Tenía el derecho y el deber de pedirle eso a su Madre la Iglesia.

“Recibí oportunamente su comunicación n. 1392, Bs.As., 20 de junio de 1959. Se lo agradezco, es una novedad para mí, que he estado 10 años golpeando a las puertas de la Sede Apostólica sin obtener respuesta alguna.
He borrado de esa nota la palabra “benignamente”. Ese adverbio no es verdadero; está de más. En el peor de los casos significa que quieren continuar conmigo la “política” que han usado 10 años, en la cual yo no deseo complicarme.
Escribiendo honradamente habría que decir: “Nos hemos equivocado. Hemos perseguido durante 10 años a un sacerdote que nada había hecho contra su sacerdocio, al contrario. Lo hemos herido en su espíritu, lo hemos difamado, hemos procurado quitarle su manutención. Mucho de eso no se puede reparar ya; pero en fin, si en algo podemos ayudarlo, díganos en qué, y si no podemos, sepa que al menos aquí hay una buena voluntad”
Esto es lo que sería, no digo “caridad”, sino simplemente honradez. Fuera de la honradez, conmigo jamás se van a encontrar. Si la Iglesia de Cristo no sabe hoy día practicar ni siquiera la simple honradez, está perdida”
(Borrador de carta al Nuncio Humberto Mozzoni, 4 agosto 1959. Randle pág. 397). 
  
“Fuera de la honradez, conmigo jamás se van a encontrar. Si la Iglesia de Cristo no sabe hoy día practicar ni siquiera la simple honradez, está perdida”.

Ahora nos viene a la mente de cuando la Fraternidad aceptó “el gesto discreto de misericordia” (como dice la “Carta de Benedicto XVI a los obispos católicos”) con lo cual asumían su “falta” como verdadera ante los modernistas romanos, aceptando el “levantamiento de las excomuniones”. La iglesia conciliar no podía ni puede ser honrada. La Fraternidad podía ser honrada, pero no lo fue. Dice Castellani en otra carta al respecto

“No ha mucho rechacé una “solución” (?) en que se me otorgaba la misericordia (dellos) al precio de mi honradez! Quiero decir, que si reconocía aunque sea implícitamente, una cosa que es mentira, me dejaban decir misa de nuevo. Respondí que no podía hacer eso en conciencia”
(Borrador de carta a Joaquín Talaverón y José Padró González, 3 de enero de 1960. Randle pág. 398)

¿Dónde quedó la conciencia de la Fraternidad San Pío X?

Claro que alguno dirá que después Castellani aflojó cuando aceptó que le fuera restituida la misa en 1960. Pero allí Castellani no tuvo que admitir ninguna falsa culpa que le hubieran achacado, ni se sometió a autoridades modernistas, es decir, con otra fe. ¿Y luego, no “retrancó” ante lo que vino de la nueva Iglesia conciliar? Acá una vez más, debemos decir que Castellani no conoció los pormenores del concilio, y demasiado aislado y abrumado de tanto estar sumergido en su “caso”, no podía ver lo que se estaba cocinando. No vio cuáles eran los principios sobre los cuales se estaba forjando una nueva anti-iglesia. Castellani no tuvo por maestro a Mons. Lefebvre. Pero Castellani nunca dejó de practicar la honradez y nunca se traicionó a sí mismo. Los obispos y sacerdotes de la Fraternidad tuvieron la muy clara enseñanza de Mons. Lefebvre y su ejemplo consecuente con aquellas enseñanzas. Conocían bien de qué se trataba esta nueva iglesia conciliar. Pero buscaban “triunfar” mediante un tratado de “paz”. A lo cual conviene citar también estas palabras de Castellani:

“El argentino recibe desde arriba el ejemplo y la enseñanza de que para medrar y triunfar hay que METER LA MULA. Y lo sigue, vive Cristo”.
(Borrador de carta a Rafael Jijena Sánchez, 1 de enero de 1960. Randle pág. 411).

Si la Fraternidad San Pío X no sabe hoy día practicar ni siquiera la simple honradez, está perdida.

“Sombras escuálidas”

Coincidimos y podríamos decir lo mismo que dice Calderón en su artículo citado:

“Espero que nadie entienda que he hablado “mal” de Castellani, al que quiero entrañablemente y cultivo periódicamente, pero también que se entienda que sí he hablado “mal” de un castellanismo más aferrado a sus defectos que a sus virtudes - que de ambos tenía a mares - y que pretenden que sus desemboques anárquicos están avalados por la enseñanza del cura”.

También en lo que sigue:

“Creo que la línea Castellani-Bouyer es un disparate que sólo se explica en una cabriola desesperada por no tener que reconocer jerarquía alguna ya nunca más, salvo la propia en el resentimiento de la incomprensión”.

Para Randle seguir a Castellani significa permanecer inmune de toda contaminación moderna, pues es como comprenderlo todo, o tanto para tomarlo como una “tabla de salvación” o “boya de la que uno puede aferrarse mientras nada un poco a la deriva en las procelosas aguas de nuestro tiempo”. Sin embargo, Randle es de los que creen que Ratzinger o Bouyer tienen perfecta ortodoxia, y llega a realizar este infeliz comentario:

“Otros críticos de la modernidad empalidecen al lado de Castellani: Gilsón, Maritain, Von Hildebrand, Meinvielle, Lefebvre, Amerio, Fabro, Madirán, Calmel, de Mattei, Ferrara y quizá el mismo Michael Davies, parecen sombras escuálidas al lado de este argentino que casi nadie conoce. Quizá sólo Louis Bouyer, quizá sólo Bruckberger, alcanzaron a ver tanto, tan lejos, tan claramente.”.

Curioso: Randle critica a Castellani (y con razón) por una “nómina [que] suena un tanto despareja” (p. 435), pero él hace una nómina todavía más despareja y ridícula, una extraña melange de ortodoxos, conservadores y liberales, un “cambalache” como bien dice Calderón. De más está advertir el desdén hacia quien ha visto quizás (y sin quizás) mejor que nadie: Mons. Lefebvre. Pero, ¿hablamos de Castellani o hablamos de su biógrafo? Hablamos de un libro que tiene muchos aciertos pero cuyos párrafos como el arriba citado nos llevan a comprender que no puede tomarse a Castellani simplemente como si fuera “la Tradición”, el “Magisterio”, la solución a todos los problemas, el camino que nos evita todo desvío. Está visto que quienes lo toman así, y se quedan sólo con ello, no tienen las cosas claras como pretenden (de hecho Randle vierte varias opiniones francamente idiotas por lo irrespetuosas, por caso cuando se refiere a Gueydan de Roussel al pasar revista a "Jauja", y ponemos sólo ese ejemplo). Simplemente porque el concilio planteó problemas y una nueva situación en la Iglesia que nunca se habían planteado de ese modo y que son posteriores a casi toda la obra de Castellani. Es cierto que hay muchos buenos sacerdotes que aguantan y resisten a la aplanadora gracias a Castellani. Pero no todos han sido inmunes de las seducciones conciliares y transitan por un camino de verdades mezcladas con el error, lo cual no puede agradar a Dios. De allí que quedándose solo con Castellani y dejando a un lado a Mons. Lefebvre, no se puede entender cabalmente el problema de la Iglesia en este tiempo, ni encontrar la manera de reaccionar sin caer en la salida individual, “romántica” y casi desesperada. Hasta diríamos: moderna o “no comprometida”. A lo “enfant terrible”, como Randle.

Pero lo que sí debemos seguir conservando de Castellani a como dé lugar, su lección imperecedera y, siempre, siempre actual, además de sus excelentes sermones, sus comentarios a las parábolas de Cristo, su Apokalypsis, su Rosal de Nuestra Señora o sus humoradas y “camperas”, es su aviso contra la falsificación de la religión, su advertencia contra la pura exterioridad, su descripción del orgullo farisaico, su alertarnos contra el abuso de autoridad. Todo eso que Castellani sufrió y lo contó como nadie, y que está a la orden del día.

“Dios mío, dame fuerzas para poder mirar el fariseísmo sin demasiado miedo y sin demasiado asco. Pero dame también gracia como Tú para mirarlo de frente”.
(Cristo y los fariseos, p. 41).

Por eso cuando recientemente vimos en los comentarios al citado blog filo-fraternitario (acá), que alguien citó estas palabras del Padre Castellani:

"Clericalismo ha habido siempre, y el de hoy no es invisible. Por ejemplo, cuando un Jerarca de la Iglesia se cree más infalible de lo que es, y aun más que el Padre Eterno, eso es alto-clericalismo; cuando un súbdito afecta creerlo, bajo-clericalismo. Hoy día es más castigado el que se atreve a decir que un Jerarca se equivocó, aunque eso sea patente, que el que dijera que la Santísima Trinidad tiene cuatro personas: Padre, Hijo, Espíritu Santo y el Obispo. A este último son capaces de condecorarlo los Canónigos Lateranenses, como a Constancio Vigil. Tal como anda hoy el mundo, por lo menos en este país, un mínimo de anticlericalismo es necesario para la salvación eterna".

No nos sorprende que Calderón dé por respuesta la siguiente:

“Fue necesario en ese momento. Ya no. Y digo que ya no, porque no hay más peligro de estos vicios, sino de todo lo contrario. La autoridad ha sido demolida, ese es el problema de hoy”.

La autoridad puede haber sido suprimida en la iglesia conciliar, pero sin embargo se sigue invocando para todo la “palabra de Francisco”, su autoridad que “funciona por izquierda”, y todo aquel que se anime a contrariarlo, como dice Castellani “hoy día es más castigado el que se atreve a decir que un Jerarca se equivocó, aunque eso sea patente, que el que dijera que la Santísima Trinidad tiene cuatro personas”, eso sigue pasando, lo seguimos viendo, sobre todo con Francisco que es “devoto de la escoba” (sic) y aplasta a sus enemigos o al que puede estorbar sus planes. Pero además, está el caso de la Tradición católica, vemos el clericalismo surgir en la FSSPX, donde el “intocable” Superior general “se cree más infalible de lo que es”, y habiendo traicionado al Fundador, ahora castiga al “que se atreve a decir que un Jerarca se equivocó”. Oh, amigos. Castellani tenía y sigue teniendo razón. Esto continúa. El peligro está siempre. El afecto personal puede nublar el panorama de algunos estrechamente vinculados desde hace muchos años a la congregación. ¿Qué no hay más peligro de esos vicios? Están a la orden del día. Y por eso los “superiores” distribuyen sus “anteojos rosados” (a través de sus grises sitios web oficiales) para alimentar todo ese “cincuentismo” que hace estrago sobre todo en los Estados Unidos, Australia y Alemania. Con esto no decimos que sea necesario un “anticlericalismo” o que desdeñemos la autoridad, todo lo contrario, sino que no podemos cerrar los ojos, y Castellani es quien nos ayuda a tenerlos siempre abiertos. Porque el diablo es más astuto que nosotros, y repite el mismo esquema de la “autodestrucción” por vía de la “obediencia” que ya le salió tan bien en el Vaticano II, ahora en la Fraternidad San Pío X.

Me atrevo a decir lo que Castellani se atrevió a decir (en su Dulcinea), pero ahora aplicado a la nueva versión de la FSSPX:

“Me atrevo a decir que la raíz de los males de la Iglesia Argentina ha sido el olvido de este principio: se ha desencarnado, se especializó y eclesiasticó demasiado, olvidó en la práctica que la gracia supone la natura, y se ha vuelto una sociedad demasiado artificial, siempre la Iglesia será una sociedad artificial, o mejor dicho "cultural", pero ahora se volvió una sociedad Artificiosa”.

La Fraternidad se creyó inmune o inmunizada a todo este tipo de cosas. ¡Caramba! “Los calzados –decía San Juan de Yepes de los de su tiempo- están tocados el vicio de la ambición, y así todo lo que hacen lo coloran y tiñen de bien; de manera que son incorregibles…” La ambición en los religiosos, que se les vuelve a veces una pasión más fuerte que la lujuria en los seglares, es una de las partes más finas del fariseísmo: “Amar los primeros puestos…amar el vano honor que dan los hombres” (Castellani, “Cristo y los fariseos”, p. 15).

Y hay otras palabras (incluidas en la primera parte de la biografía), que también me hacen pensar mucho en lo que está pasando dentro de la Fraternidad, que ya no es tan “fraterna”, bien lo sabemos:

“Defendiendo que la caridad está por encima de todo, el catolicismo se ha defendido contra el terrible “endurecimiento” de lo ritual, contra la propensión invasora del automatismo. Cuando “se resfríe la caridad de muchos” sobrevendrá la espantosa corrupción de lo religioso que Cristo llamó la Grande (y Última) tribulación”
(Diario, 1-VIII-1947).

Castellani, visionario

Cuando leemos esto en “Su Majestad Dulcinea”:

“La verdadera doctrina de Jesús de Nazareth, compendiada en estas tres palabras: Dulzura, Democracia y Prosperidad, y encarnadas en forma tan espléndida en el Movimiento Vital Católico, que unía en lazo de fraternidad a todo el nuevo continente, cuna de la paz del mundo”,

no podemos dejar de pensar en la puesta en práctica en estos días en la iglesia bergogliana (que quiere ser la encarnación del espíritu del VII), pudiendo decir:

“La verdadera doctrina de Jesús, compendiada en estas tres palabras: Ternura, Diálogo y Encuentro, y encarnada en forma tan espléndida en la Iglesia que sigue al Vaticano II, que une en un lazo de fraternidad a todo el mundo”.

Castellani nos avisó de la orientación general de la Iglesia que estaba llegando (lo sintió incluso en carne propia) girando en torno al mundo (y no al revés como debe ser).

“Pero yo defiendo directamente la fe católica. Porque este democratismo que se nos impone a la vez con la mentira y la violencia, es una cosa religiosa, es el Cristianismo de Cristo transformado en el Cristianismo de Panchampla, adulterado, tergiversado y vaciado de todo su contenido; y rellenado por Juliano Felsenburgh de un contenido satánico...” (Su Majestad Dulcinea”)

Lefebvre (y no Bouyer o cualquier otro teologastro) nos avisó de la nueva eclesiología inventada en el Vaticano II, y nos enseñó a combatirla. El libro de Randle –en sus dos partes-, pese a sus falencias ya comentadas, ayuda mucho a comprender a Castellani, y tal vez más a esa carcoma de la Iglesia, que hemos visto caer sobre él. Pero también nos permite ahondar en el escritor y en el argentino que fue Castellani, inimaginable en otras tierras. Vivió la patria, la amó, la sufrió, la compadeció. “Entendió a Martín Fierro”.

Ojalá nosotros entendamos a Castellani. Y, también, a Mons. Lefebvre. Necesitamos a ambos en este combate por Cristo Rey.



Ignacio Kilmot